lunes, enero 09, 2006

Muñeco de año viejo

Las estrellas encienden su luz a través del dosel humeante que levita sobre el cielo, queriendo su claridad iluminar el último escondrijo de cada callejón, inútil es su esfuerzo ante la algarabiílla de juegos pirotécnicos y su mofa multicolor. Se enciende un año nuevo, en los barrios marginales prenden fuego a un señor viejo que sólo nos heredó pobreza y maldiciones; arrojado pues a la hoguera, boca llena de petardos y morteros explotan desde su cabeza, con memorias negras y el alma de nuestros amados parientes perdidos. Todos ríen y bailan desconociendo el augurio y la ventura del mañana, un amanecer sombrío o tierra de primavera en el país de “siempre se podrá”, “pero nunca se logra”.

Caminado entre festejos, queriendo encontrar la sensatez en aquellos momentos de alcoholes frescos y muslos inmolados, él, un tipo común entre los comunes, aún no era presa del sortilegio que a todos había cautivado. Sabía con exactitud que todo aquello no pasaba de ser otro giro que la tierra daba al astro sol, trayendo consigo los predecibles días del mañana, con sus ciclos, compases y tormentos. Nada sería totalmente diferente, al contrario, todo seguiría su curso. Sin embargo, ellos, los celebradores de la luz, con entusiasmo ponían uvas en sus bocas, estaban listos para dar la bienvenida al recién llegado, quizá un supuesto matemático, cuya semejanza es casi comparable a la sobriedad de un reloj de arena. Era como entrar al país de los sueños o, a lo sumo, atravesar un agujero negro en espiral, cuyo final era en definitiva otro espacio, otra dimensión donde volver a comenzar.

Así comprendió que las dos mitades de la vida, una tangible, la otra disyuntiva y etérea, configuraban la vida, condicionando en cierto modo la existencia. Por los momentos supo que no tenía razón darse a sí mismo cualquier pretexto o explicación sobre el asunto. Su hijo salió a recibirlo con un efusivo abrazo. Y así comenzó otro calendario, con la chica semidesnuda estampada en el cuarto de su joven hermano. Al entrar se quitó la chaqueta, liberó el equipaje y se entregó si resistencia al ritual, sabiendo que este tiempo, preciso, se iría pronto y que lo mejor que podía hacer, teniendo presente el alfa y la omega, era saludar primero a sus alegres ancianos.

David Morán
Tegucigalpa
Enero 2006.

7 comentarios:

Michi dijo...

Bienvenido a casa...

Martha Beatriz dijo...

Que bueno David: excelente descripción de un ritual que cada vez se nos hace menos verdadero. Un abrazo.

TST dijo...

El tiempo pasa, siempre inexorable.

Feliz año, David.

LUIS AMÉZAGA dijo...

En los barrios marginales el año nuevo tarda un poquito más en llegar, tarde un poquito más en amanecer.
Un abrazo, hijo pródigo.

Tbo dijo...

Uff, hoy te ha salido un texto muy sesudo, dificil para mis neuronas, las dentritas no me conexionan bien, me vuelvo a mi dimensión desconocida para practicar el tumbing boll, allí estaré cómodo, al fín y al cabo. Saludos.

Nina dijo...

hermoso relato amigo , un bestote inmenso

OdinGhost dijo...

De ritual a ritual,
¿cual es la realidad?

El ser consciente de ello ¿lo hace mas verdad al uno que al otro?

Con y sin rituales la vida ha de continuar.
y el final es el mismo.

Muy bueno mi estimado David!!!