miércoles, diciembre 21, 2005

Luz que ciega, luz que desconcierta

El blasón de Tierras Bajas, señor Galileo Alexie, sale a su ventana con la esperanza de descubrir un sol que lo libere de las tinieblas. Allá lejos, por donde solía treparse una moneda de oro resplandeciente, el montañoso horizonte llenaba su frente de melancolía, sentimiento inútil ante el efecto inhibidor que produce la infusión medicinal que consumía.

El infame Blasón, como solían decirle sus enemigos, llamó a uno de sus siervos y le encomendó la tarea de buscar a un hombre llamado Crecencio de Pacotilla, “el de las largas barbas de nieve”. El siervo corrió apresurado a cumplir su encomienda, al cabo de corto tiempo y, gracias al empleo de astutas pesquisas, logró encontrar al susodicho sujeto cerca de un pozo de agua. El siervo contempló entonces la silueta de un vetusto hombre sentado en la tierra, recubierto por una túnica celeste. Luego se percató que el anciano tenía entre sus manos unas pequeñas tablillas pintadas con extrañas rúbricas. En ese instante supo lo que tenía que hacer, se apoderó de las tablillas con violencia y corrió diligente a casa de su amo, feliz de haber cumplido con su labor.

Blasón Alexie recompensó al siervo con una medida de arroz y lo despachó en el acto, quedándose en su alcoba dispuso unos momentos para estar sólo. Tomó las aquellas tablillas que perecían pedazos de una gran viga, luego tradujo para sí su significado.

El día de ayer:

I
Germinó la semilla,
dio frutos:
palabras sin moraleja.

II
El fuego arremete,
encuentra en el pozo
postales de invierno.

III
Picadas pican
abejas a los poros.
Venenosa intención.

IV
En impúdica adolescencia,
bajo corrosivo sol,
brillan limones maduros.

En ese momento Galileo Alexie escuchó el canto del primer gallo, sintió como los rayos del astro acariciaban sus mejillas y de inmediato supo que habían nacido un nuevo día pero, de cualquier manera, se sintió defraudado, por lo que estrujó con rabia las tablillas de Crecencio hasta convertidas en un manojo de filosas astillas. Simplemente no podía explicarse cómo aquel viejo decrépito lograba escribir cosas nuevas acerca de la naturaleza, sin sentir la menor frustración o melancolía, a pesar de que a ambos los envolvía la misma maldición desde hace muchos años.

Al otro lado de la ciudad, Crecencio le contaba a su lazarillo que lo escrito en las tablillas no era precisamente una sórdida expresión inspirada en la naturaleza, sino que se trataba de un mensaje especial, oculto entre la luz que ciega las pupilas; un mensaje que sólo se puede encontrar cuando silenciamos el entorno y nos encontramos solitarios en medio de la noche, para poder encender la luz que descubre el autentico significado de las palabras, oculto entre los silencios; una luz especial que el Blasón de las Tierras Bajas también había perdido, desde hace tiempo.

5 comentarios:

LUIS AMÉZAGA dijo...

Entro en una habitación oscura, tropiezo y sé que algo existe. Lo que existe se interpone en mi camino. ¡Ay, limones maduros!

Michi dijo...

Una limonada? Ese Balson esta rabioso...la vida no ha seguido el curso que el esperaba...

Tbo dijo...

Animo pues, valiente compañero..., levanta el ánimo que el camino es largo. Saludos.

Claudia Vatia dijo...

HOLA, GRACIAS POR TUS PALABRAS...SIGO MUY MAL DE LA GRIPA...OJALA TE PUEDAS DAR UNA VUELTA POR MI CEMENTERIO, VALE LA PENA.

Y POR LO QUE LEO...SOLO DIRE QUE ES TIEMPO DE ARMAR FILAS SOLDADO

FELIZ NAVIDAD
CLAUDIA

Martha Beatriz dijo...

Estabas perdido! Felices fiestas, David, mi fiel lector. Un abrazo!