jueves, junio 23, 2005

El Hombre que lo Sabía Todo


Posted by Hello

Vivió un hombre que era capaz de predecir con suma exactitud los sucesos futuros, por esas coincidencias de la vida, la madre de éste, una campesina devota de las costumbres religiosas, le puso por nombre de Isaías. El joven agraciado con ese don incomprensible, capaz de relatarle a uno fecha y hora exacta de tal o cual evento por venir y que, más tarde, con asombro se veía como sus palabras se hacían una realidad, decidió, al llegar a la mayoría de edad, salir de su pueblo para explorar el mundo y así poner su extraordinaria cualidad al servicio de los demás.

Isaías llegaba a un sitio en lo lejano, se sentaba con las piernas cruzadas, cerraba sus ojos ante el mundo y descansaba en un especie de estado de somnolencia, al cabo de media hora se levantaba para luego narrar a quien deseara escucharlo todo cuanto había visto en sus sueños; así, era capaz de vaticinar lo eventos por venir en ese lugar; sabía con lujo de detalles cada acto venidero, desde el día que vendría, hasta las épocas de los próximos doscientos años.

Isaías tocaba el hombro de los hombres, cerraba una vez más sus ojos negros y respiraba hondamente tras cinco o seis minutos. Luego contaba al sujeto su destino procurando ser breve. Según cuentan, era capaz de saber toda la vida del individuo que lo consultase, desde el momento en que hizo contacto con él hasta la muerte del mismo.

Isaías se sentaba, tomaba la palma de la mano de una mujer entre las de suyas y, con los ojos semiabiertos, miraba la historia sin realizar de toda fémina que le hiciera la petición ya típica entre los que le conocían.

Pero Isaías no era uno de esos adivinadores vulgares que abunda por doquier, nada de eso; llegó a tener fama mundial y hasta los científicos quedaban perplejos con la exactitud en que sus predicciones se hacían realidad. Por ejemplo, predijo el año, día y hora del terremoto que destruyó por completo la ciudad de Los Ángeles, California; así también la fecha del Mega-Tsunami que destruyó las costas de Japón y la pandemia de gripe que aniquiló a más de un tercio de la población mundial.

Las personas que, por fortuna o casualidad, tomaban en serio las predicciones de Isaías eran capaces de esquivar aquellos eventos mundiales que traían consigo la tragedia y la muerte. Pero eso no quería decir que la fortuna les sonriera a ellos. En varias ocasiones, “el hombre que lo sabía todo”, como le habían apodado, fue secuestrado por distintas organizaciones, gobiernos, facciones religiosas y obligado en contra de su voluntad a esclarecer el futuro de las mismas, todo para preservar su vida.

Isaías nunca cobró, en sus años de fama, ni un tan solo centavo por predecir el futuro, pues consideraba que su don era para el bien común y no un servicio exclusivo para aquel que tuviesen la capacidad de pagarlo. Lamentablemente y, cuando menos lo pensaron, sus presagios, o mejor dicho, las acciones emprendidas en contra o a favor de sus predicciones, llegaron a regir el mundo. No importa cuanto variasen el destino preconcebido por tales o cuales acciones presentes, él seguía vislumbrando el futuro, como un supercomputador que realiza billones de cálculos matemáticos y da con el resultado cabal e invariable, sin probabilidades, ni precisiones; exacto, esa era la única palabra.

Quien tuviese de su lado a Isaías tendría el control de la humanidad irremediablemente. Él era nuestro mañana. Por tal razón, y al ver cómo la humanidad se disputaba su persona, el hombre que lo sabía todo escapó al fin de uno de sus captores y huyó a esconderse donde nadie lo encontraría pues, como sabrán, también eso lo había predicho. Nada era una sorpresa para él.

El bosque acogió a Isaías, quizá en ese lugar se percató de su desafortunada existencia, de que, irremediablemente, había sido el instrumento que aceleró el declive de la humanidad; sus fines fueron nobles y bien intencionados, pero su destino era una fatalidad. Se sentía responsable y compungido por todo lo acontecido en la tierra. Lloraba amargamente. Pero, tan sólo al levantar su cabeza, un alo de paz lo socorrió; ya nadie daría con él, ahora la humanidad, o lo que quedaba de ella, podría caminar sola una vez más. Se quedó abrazando el tronco de un árbol, sus ojos se cerraron y entro una vez más en su inevitable letargo.

David R. Morán
Tegucigalpa
Junio 2005

10 comentarios:

Luis Amézaga dijo...

Lo tenía merecido merecido por agorero.

Yo también tengo poderes de visualización y no alardeo tanto como el profeta Isaías bis. A mí me llaman los presidentes de gobierno para que les lea los callos de los pies. Y no fallo nunca. Es más, sé en qué bosque anda el Isaías, abrazando árboles y dándoselas de místico incomprendido. Pero me callo, porque soy un caballero.

Tbo dijo...

Hola David, aún estoy convaleciente pero soy capaz de escribir unas letras. ¡No me lo perderia!. Querido amigo, pidele a Luis que me de la dirección postal de Isaias (la del bosque), sólo quiero echar una quiniela. Tal vez, conocer el futuro y el propio destino de cada uno sea demasiado cruel. A veces es mejopr no saber.
Ese tipo de cuentos me gusta mucho, su historia me resulta familiar. Saludos.

Michi dijo...

Vaya, danos una pista d epor donde anda Isaias? debo cruzar el "charco"? mi bola de cristal hace tiempo que se quedo muda!!! :)

Dra. Kleine dijo...

Lejos de todo eso, pesa sobre cualquiera que ve más allá de la luz del día, una gran responsabilidad, que siempre, cual maldición, llevará para si sabiendo cuando deberá soltar la verdad...
Es difícil, a veces nadie está preparado para enfrentar muchas cosas de verdad.
Saludos!

Tbo dijo...

Vuelve Isaias, te necesitamos...

Anónimo dijo...

Esperen un poco, que ya no sé que inventar para poner en este blog, ja, ja.

Michi dijo...

jeje el Sindrome de la Pagina en Blanco!!!

Tbo dijo...

David te presento al maestro de la fuerza el primer SuperPollo de la historia.

scape95 dijo...

Qué bello relato... En el fondo, creo que no nos gustaría saber el futuro.

Tbo dijo...

David te ofrezco un link con la fotografía de una escultura del Gran Profeta expuesta en Zaragoza. Es una estatua del museo Pablo Gargallo, autor de la Obra.